Archipiélago Tabasco

October 30th, 2009  |  Publicada en Destacado, Juglar de Jungla  |  1 Comentario

Por Alejandro Pérez-García/Entérate Tabasco

Luis Gerardo Frías se dirigía a comprar huevos y jamón para preparar el desayuno del martes 30 de octubre de 2007 cuando vio pasar a un camión anfibio del Ejército que vociferaba en altavoces por toda la colonia Lagunas que sus habitantes alistaran sus cosas y desalojaran sus casas ante el peligro inminente de la inundación. Llovía a mares, había algunos encharcamientos en las calles y su inédito encuentro con la soldadera, así como las alertas reiteradas de los medios, le transmitían el pánico necesario para estimular la fuga a tiempo. Pero el joven de 15 años sólo atinó, dentro de su inconciencia, a contarle su episodio a su prima, la periodista Yiuliana Macías, y a tumbarse en su sillón para ver las caricaturas en la televisión. Ni su adolescencia lo justificaba: Él y otras 850 mil personas en Villahermosa expiarán con pérdidas materiales a lo largo de las próximas 48 horas su negación anticipada.

Por lo pronto, a base de una autoridad de hermana mayor, Yiuliana realizó el trabajo simultáneo de empacar sus enseres personales y los domésticos, así como subir a la planta alta los muebles y aparatos eléctricos, con la ayuda de su primo, que seguía tachándola de loca por esa decisión. No existía razón aparente en esa discrepancia, que duró todo el largo éxodo de ese día: Ambos, toda la familia, habían atravesado por circunstancias peores en 1996, tras el paso de los huracanes “Opal” y “Roxanne”, y luego en 1999, con el agua de cuatro frentes fríos concatenados, en la villa Vicente Guerrero, Centla, el municipio costero al norte de Tabasco cuya posición geográfica lo convierte en una reiterada cepa de damnificados.

Esa misma mañana, más temprano, Yiuliana telefoneó al diario donde trabaja para notificar su ausencia y para recibir el apremio de Mauricio, editor en jefe de la sección deportiva, su jefe y novio, para que se reiterara a un sitio seguro. Tras esta llamada, muy de mañana, descolgó de nuevo para oír la voz de su mamá que, alarmada por la desesperante cobertura del canal local del gobierno –que por un lado llamaba a la calma y por otro sólo mostraba imágenes cada vez más dramáticas del desastre-, le pidió que regresaran todos a su localidad de origen, sin saber que para entonces otras 76 villas y rancherías gravemente afectadas obligaron a su alcalde, Nicolás Bellizia, inepto frente a una realidad que nos rebasó por completo, a buscar el auxilio federal decretando la zona de desastre. La conversación terminó con la promesa tranquilizadora de Yiuliana que esa misma tarde estaría con ella. No quería encender la radio ni sintonizar el televisor, como habitualmente para entretenerse, y ya que el periódico no llegó, su pequeña evasión de la realidad la empleó en preparar todo para retirarse. Para cuando llegó su tía Marvin (Sí, leyeron bien: Marvin) Méndez, enfermera del IMSS, a las 3:30 de una tarde lluviosa, todavía le quedó tiempo para sacar documentos importantes, los de ella y los de su hijo, y para llorar desolada y abrazada a su sobrina, quién se partía entre tranquilizarla y convencer al primo.

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Inunda-5“Como a las 4:00 de la tarde estábamos viendo TVT apretados en la sala cuando informaban que Guayabal ya se había ido al agua, el Soriana, Seguridad Pública, la gasolinera, y que el Grijalva se estaba cercando a las colinas de 1º de Mayo. Entonces yo comenté: ‘A su madre, ahora sí que Villahermosa se está convirtiendo en una isla’. Mi cuñada, que estaba a mi lado, me respondió con una pequeña alarma: “Entonces ve buscando tus papeles y empacando tus cosas’. Yo me quedé extrañada, sin creer que eso pudiera suceder, debido a la ubicación alta de mi casa, y nomás le contesté, si ningún talante en especial: ‘Buena idea’. Pero luego recapacité y lo primero que me pasó en la mente fue el sorprendente juego de espejos, porque ella me estaba diciendo lo mismo que le habíamos dicho a ella días antes para que desalojara su casa (Ubicada en Gaviotas Norte, inundada esa madrugada) y yo me comporté igual que ella, diciéndome a mí misma ‘No creo que pase’; y me recorrió un escalofrío por el miedo de pensar que en las próximas horas me fuera a ocurrir lo mismo que a ella le estaba ocurriendo”.

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“Lo mío fue raro. Compré un boleto para el día 1 a las 2:50 de la tarde a Tenosique. (Risas) La tarde de ese día, el agua había entrado al ADO. Las salidas se cancelaron y desconocía en su totalidad por dónde podría salir. Sin saber la situación, caminé rumbo a los camiones de segunda.

“Filmé tres videos con el celular, de mala calidad y duración sumamente corta, pero que se ubican temporalmente exactamente en donde te estoy narrando cuando intenté llegar a los camiones de segunda. Los subí a YouTube. En las filmaciones me tengo caminando en el agua y viendo cómo es imposible llegar a Ruiz Cortines. Por primera vez, veo la enorme barrera de costales.

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Sus equipajes fueron a la medida de sus respectivas experiencias: La tía Marvin llevaba dos maletas de ruedas y una con asas de tela para colgar en el hombro; Yiuliana ocupó una maleta de viaje atestada de ropa propicia para la ocasión –aunque tuvo que dejar 8 pares casi nuevos de zapatos- y una mochila escolar con sus papeles civiles y universitarios, sus herramientas de trabajo y los escasos cosméticos que utiliza; el primo Luis Gerardo, siempre renuente, recogió de mala gana y al azar lo que le cupo en dos mochilas pequeñas, con el resultado que al cabo de una semana se le acabó su ropa interior limpia y no había turno para lavársela. Esto no es lo más hilarante. Lo fue lo temeraria actitud de sus vecinos, algunos amigos, quienes apenas reprimían la risa o el comentario burlón durante su salida, que calificaron de exagerada, de prematura incluso; Luis Gerardo, en parte honesto y en parte molesto, aclaró a sus compañeros de secundaria que lo despedían con carcajadas, que no se iba, sino que lo llevaban. Todos hablaban muy seguros desde un impunidad infundada, ubicados como estaban a menos de dos kilómetros de la ribera norte del afluente ensanchado del río Carrizal, que en esos momentos volvía trizas los bordos improvisados y el alcantarillado de otras 12 colonias de la capital tabasqueña. Otros más simplemente los ignoraban, como a fantasmas únicos transitando entre la incesante cortina pluvial, ocupados en leer y mirar y escuchar desprevenidamente el avance de la tragedia. Sólo la tía Marvin atinó a vaticinarles antes de subirse al camión de pasajeros que los salvó de la futura catástrofe del aislamiento y la rapiña: “Déjalos que digan lo que quieran: Ahora están felices; después, a ver de a cómo nos toca”. Alrededor de las 8:00 de esa misma noche, mientras Yiuliana y sus parientes se instalaban lejos del peligro con el resto de la familia, les cortaron la luz y el agua, y las Fuerzas Armadas suspendieron para siempre los llamados a la evacuación.

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“Decidí encaminarme a Gigante. Evidentemente, no había un taxi que me llevara, así que caminé Ruiz Cortines hasta donde solía haber un Videocentro (Ahora se encuentra la extensión de postgrado de la Universidad Olmeca, en las inmediaciones de las colonias Bonanza y Nueva Imagen), casi enfrente con La Venta. Allí me senté a descansar. En la mochila llevaba 3 frascos de un litro de agua, una Coca Cola, ropa y mis botas mojadas esa misma tarde. Pesaba más que una suegra (Risas). Entonces vi que por Ruiz Cortines venía una caravana de camiones del Ejército, que después supe que no eran de aquí. Eran como 8 ó 10 carros con soldados que se fueron deteniendo lentamente hasta que el primero pasó enfrente de mí. Creí que por mis fachas me preguntarían si había asaltado una tienda. El teniente me preguntó que dónde quedaba el Batallón, le di las indicaciones adecuadas y prosiguieron, igual que yo, su camino.

“Casi llegando a Paseo (Tabasco), pasó un taxi que iba lleno, pero aun así me aventó a Gigante, donde averigüé que no había ningún camión. Esperé para ver qué hacía y la incertidumbre nuevamente se presentó. En eso, pasaron a una velocidad respetable carros de trabajo (volteos, brazos de chango, etc.) con varios trabajadores arriba que de manera sumamente irresponsable empezaron a gritar: ‘¡Ahí viene el agua! ¡Ahí viene el agua!’, provocando una paranoia menor en la gente, especialmente en la menos estudiada. Hubo gente que se subió al puente peatonal. En esas circunstancias, mi lógica estuvo presente, pero no te negaré que cuando pasaron estos como 4 carros de trabajo gritando eso, me entró un temor extraño. Pero luego razoné un poco.

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Esa mañana me desperté algo incómodo por el susurro monocorde de una televisión encendida a lo lejos sintonizada en el Canal 7, la emisora oficial del gobierno estatal. Meme ya no se encontraba junto a mí, pero su voz me llegaba nítida por entre las voces temerosas de los locutores de noticias y sus pasos descalzos rechinaban sobre mi cabeza y el azulejo helado del departamento de su hermana, donde habíamos pernoctado. La llovizna seguía, pero estaba por cesar, y chocaba crujiente sobre la corriente unificada de la Laguna del Negro y el río Grijalva, a sólo dos pisos abajo de la cama.

Mi novia entró finalizando la llamada en su teléfono celular y mirándome con la misma somnolencia con que yo la estaba mirando a ella: “Mi mamá se va con don Herman”. Y completó con la frase que estaba esperando desde hacía una semana: “Yo me voy contigo, así que apúrate para que ya salgamos”. Nos miramos y nos abrazamos, yo sintiendo su evidente miedo estrenado por la contingencia que la obligaba a dejar su casa por primera vez, ella quizá sintiendo mi miedo renovado ante la posibilidad de no poder atravesar la inundación por intentarlo demasiado tarde.

Sin desayunar ni despertarnos del todo, empacamos la ropa, mía y de su familia, que ella había lavado anoche en bolsas de plástico y nos vestimos con la intención de sacrificar nuestros atuendos. Todavía pasaríamos por su casa para dejar este equipaje provisional y sólo se veían los edificios de los multifamiliares del FOVISSSTE flotar sobre un espejo gris, que alfombraba ya los andadores y el que, partida por la mitad, mi novia vio a una mujer cargando alimento para perros; de dónde obtuvo el saco, hasta la fecha lo desconocemos. Apremié a Meme con el argumento de que si no desalojábamos ahora, más tarde sería imposible, sobre todo por la carga que llevábamos. Así que yo me calcé el pantalón con que llegué la víspera para quedarme a dormir a su lado, cargando mi mochila de la Universidad y mi improvisada maleta blanca, mientras mi novia decidió caminar en un short corto, para no enlodar nada más que sus sandalias, cargando a su vez su mochila y su parte de la lavandería. Entonces sólo nos paralizó el repentino corte de energía eléctrica. Aseguramos puertas y ventanas y sellamos pasos de agua y de gas, dejando un silencio que se quebrará hasta el sábado 17, cuando volvimos para limpiarlo.

Mientras ocluía la reja del apartamento, Meme exclamó “Mira, ahí está el ‘Sáquese’”, con una sorpresa cercana al espanto, que me obligó a buscar lo peor con la vista. En uno de los balcones, se encontraba este perro callejero, conocido por la forma en que lo corrían de todos lados, que subió los 28 escalones que lo separaban del desamparo de no tener dueño. Una vecina del piso superior lo mantenía atado al barandal, para que no se fuera, supongo, y le improvisó un plato de comida con sobras de ayer. Temblaba, menos por el frío que por el pánico transparente con el que nos miraba, sin percatarse que al menos ya sería la mascota de alguien durante cerca de dos semanas y media.

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“Se me olvidaba mencionar que no me habían pagado y que mi dinero se había ido en el último boleto perdido por la inundación. Hablé con mi jefe, el cual, estando de vacaciones en el Norte, me dice en una broma más bien macabra: ‘¿A qué banco te deposito?’. Me quedé viendo el celular un rato y luego le dije que los bancos no funcionaban. El otro jefe sí estaba aquí, así que me dijo que lo fuera a ver al día siguiente a la oficina para pedirle a él.

“Caminé de regreso. Me paré un rato en el cruce de Ruiz Cortines y (Paseo) Usumacinta sin saber qué hacer. Y decidí encaminarme nuevamente a mi casa, esta vez por Usumacinta, para llegar a Méndez. Caminé a Méndez y bajé para llegar a mi casa. Aun en esa zona (que no sufrió la inundación), la gente estaba alarmada; algunos decían que había agua saliendo de las alcantarillas.

“Subí a mi casa. Me cambié y nos pusimos a ver tele. TVT. No podía dormir, así que como a la 1:00 (de la mañana), salí al balconcito que hay en mi casa, con uno de los botes de agua que había cargado y cigarros. Después de mucho tiempo volví a fumar sin tomar. Me asomé al balcón y vi algo extraño que no se me olvida: Todas las casas con balcón que se alcanzaban a ver tenían gente. Nadie dormía. Todos tenían cara como de esperar a que algo pasara, como que esperaban que alguien dijera: ‘¡Basta!’ o ‘¡Se acabó!’ o ‘¡Despierten!’. Mientras pasaban, uno tras otro, carros del Ejército con lanchas, camionetas cargadas inseguramente de cosas, carros que arrastraban carros. Me fumé 3, 4 cigarros y me acosté a dormir.

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El primer temor fue el hálito frío del agua entrando por las escaleras. Meme se quedó encerrada los 31 días de la contingencia en 1999; esa misma catástrofe, yo pasé 10 entre organizar despensas, suministrar vacunas y rellenar costales de arena. Confrontando nuestras experiencias, a sabiendas que ese marco de referencia –el mismo de todos los habitantes de Tabasco– se hallaba ya más que hecho trizas, le indiqué cómo y por dónde nos conduciríamos para llegar seguros. “Ay, mamá, el agua está helada”, dijo. “Creéme, por ahora preocúpate de la corriente. Si pisas mal, te llevará por el peso”, contesté. Nos fue difícil admitir que el nivel del agua nos llegaba, a mí al abdomen, a ella al pecho, y que deberíamos sortear al afluente crecido, incluso en algunas partes, de puntitas. Caminábamos como en gravedad cero, inseguros de la pisada siguiente, de encontrar más tierra firme o resbalar en el lodo reciente, de hallar un anfibio o un pez cuyo simple roce por las corrientes submarinas paralizaba de terror por el riesgo de una mordida o de un piquete venenoso. Era la hora en que mucha gente optó por escapar, temprano pero con retraso. A ellos también, el Grijalva arrastraba ya sedimento de la laguna, basura de las calles y cuerpos sin vida, vegetales y animales, que lograba una apariencia de posol fétido irreversiblemente disuelto en mi cerebro.

Sorteando este infeccioso peligro, subimos a la tercera planta, donde se ubica la casa de Meme. Doña Susana y Don Herman daban sus primeros pasos a la incertidumbre retirándose, topándose con nosotros en el umbral de la puerta principal. Mi suegra y yo cruzamos miradas, reconociendo las mutuas culpas, ella de no irse a tiempo, yo de no convencerla más, hasta que enfundada en sus botas acabó apurándonos como si no nos diéramos cuenta de lo que sucedía en derredor. Tras ponerse un pantalón y las botas de pescador que había comprado el miércoles 31, Meme observó a su mamá por la ventana del departamento durante su complicada fuga sobre el agua, casi llorando, pues mi mujer tampoco había abandonado su hogar nunca. La abracé, conmovido, nervioso, no teniendo idea qué hablarle para aliviarla; me contestó con su voz triste y apagada en mi pecho: “Vámonos ya, Alex; se nos va a hacer tarde”. Ya lo era, pero con el corazón apachurrado al acariciar su piel erizada por la gélida brisa del miedo, no me atreví a contrariarla.

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Responses

  1. Ivan says:

    November 5th, 2009at 4:50 pm(#)

    interesante tu novela es novela? bueno parece que este año no nos salvamos de otra inundación, puedes hacer una trilogía o continuar la novela, pero no mencionas quienes son los responsables

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