Crónica final de un mal gobierno
January 7th, 2010 | Publicada en Destacado, Especiales
Por: Gerardo Sanchez
Finalmente el coraje tenía que explotar y estalló el 30 de diciembre desde muy temprano, un día antes de terminar el año 2009 y la conclusión del trienio. Fueron tres años de desgobierno en Nacajuca, de una administración nefasta encabezada por Avenamar Leyva Gómez, una persona que llegó a la alcaldía sin más méritos que el haber sido abanderado por el Partido de la Revolución Democrática.
Desde las seis treinta de la mañana de ese miércoles 30 de diciembre, Avenamar llegó animado a supervisar los trabajos que realizaban a matacaballos los empleados del Ayuntamiento, y que consistió en destruir unos arriates, el último trabajo para intentar justificar partes de las grandes irregularidades que quedó en la cuenta pública. Saludó a los trabajadores, tomó una brocha y un bote y comenzó a pintar la guarnición.
Mejor se hubiera quedado en su casa. Los policías municipales ya lo estaban esperando.
Encabezados por los comandantes Juan de la Cruz Izquierdo, Fausto Jiménez López y Eilberth May Rodríguez. “Licenciado, necesitamos saber cuándo nos van a pagar el aguinaldo, las dos quincenas que nos deben, y el bono del Subsemun(recursos que varía de los 18 mil pesos a las 35, dependiendo de la categoría de los agentes), le preguntó Fausto. Sin levantarse y sin voltearlos a ver de donde estaba inclinado pintando una guarnición, el todavía alcalde les respondió que no había recursos, que los estaba gestionando pero que no les aseguraba nada.
La plática prosiguió con la insistencia de los policías y la negatividad de Avenamar. Las palabras fueron subiendo de tono, y del respeto de “licenciado”, los agentes comenzaron a tutearlo y llamarlo por su nombre, acusándolo de mentiroso, negligente, incapaz.
Al filo de las 9 de la mañana, a la insistencia de los policías se le unieron los delegados municipales, que también reclamaban el pago del adeudo de dos quincenas de dietas.
Avenamar dejó la brocha y comenzó a caminar intentando ganar tiempo y espacio para darse a la fuga sobre la calle Acatempan pero los agentes se dieron cuenta de la treta y actuaron de inmediato. Eran las 9:57 horas, el alcalde estaba rodeado por los empleados y la situación estaba ya fuera de control. “No te vas a ir Avenamar hasta que nos pagues, y nos tienes que pagar hoy porque mañana termina tu gobierno y nos quedaremos sin cobrar”. Atrás alguien gritó. “Hay que amarrarlo para que no es escape”. Y comenzaron los empujones. El rostro de Avenamar tenía dibujado el miedo a la muerte cuando logró llegar a la puerta de la casa de una de sus funcionarias. Tocó pero nadie le hizo caso. Siguió abriéndose paso entre el coraje de la muchedumbre que a esa hora alcanzaban unas 150 personas aproximadamente, y llegó hasta la casa parroquial. Pero de igual manera, su incapacidad y prepotencia que mostró el todo el trienio, recibía la respuesta social. Nadie le abrió la puerta.
Fue entonces que la turba comenzó a gritar: “Hay que quemarlo, vamos a rociarle gasolina, que quede como ejemplo para los demás alcaldes. ¡Quémenlo! ¡Quémenlo!
Ya no habia control. Los transeúntes se detenían desde las banquetas a ver el espectáculo, los taxistas que se estacionan debajo de la tienda Monterrey dejaron sus unidades para ver lo que sucedía.
Avenamar logró llegar hasta la esquina de la tienda Monterrey, frente al parque de la madre Muriel, y comenzaron los empujones, parecía una piñata entre los jaloneos. Tenía el rostro desencajado. La terrible soledad que padecen quienes han dejado de gobernar, se le había adelantado. Había una lía de nylon que señalaba la calle cerrada, la quiso levantar pero los empleados se lo impidieron, finalmente se tuvo que arrastrar por debajo y logró cruzarla, eran la 10.37 de la mañana.
Más adelante lo esperaba una patrulla para rescatarlo. Al subirse y al verlo escapar, un trabajador dio un garrotazo al cristal del copiloto donde iba el alcalde, y despedazó el vidrio. La noticia había trascendido en el municipio. Los aún funcionarios estaban felices. Habían soportado durante tanto tiempo a un jefe prepotente, que dictaba órdenes absurdas, infuncionales, que no les pagaba y que los trataba con grosería de cantina.
Por la tarde-noche, el coraje aumentó. Los empleados no tuvieron respuesta. Como los ciudadanos de Nacajuca tampoco tuvieron respuesta a sus demandas durante tres años. Los empleados fueron a casa del alcalde, se abrieron paso a golpes y fuego. Quemaron una patrulla, destruyeron otra. Hicieron huir a los policías que protegían el domicilio particular de Avenamar, y le aventaron toda la basura frente a su casa.
Al medio día del 31 de diciembre, Avenamar no acudió a la sesión solemne de cabildo para la entrega de poderes. Tenía miedo. Aún tiene miedo. La noche del 31 hubo caras largas en su casa, en festejo de año nuevo, fue una cena triste, con los corazones acongojados, avergonzados. Finalmente había acabado un trienio oscuro que no dejó ninguna obra para posteridad. Avenamar acabó así su vida política.




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