Presagio de primavera
March 25th, 2010 | Publicada en Destacado, Visiones

Por: Roberto Román
Fue un día gris, un domingo turbio, pasado por agua, enfriado por ráfagas necias de viento proveniente del norte. El ambiente es novelesco, julioverneano, como presagiador de alguna desgracia. Algo se avecina. ¿Una peste? ¿El Apocalipsis? ¿Una hecatombe extraña e inexplicable? ¿O acaso somos parte del experimento de algún científico loco como el Doctor Ox? ¿Quizá sea que haya penetrado los muros dimensionales de alguna obra extraña y apocalíptica de Jack London, o de Robert Louis Stevenson?
Es domingo 21 de marzo, entrada de la primavera boreal. El equinoccio fue el 20 a las 11:32 horas de la mañana: un bonito día soleado, con olor a primavera, a flores, a calor y viento trayendo de lejos antojo a bebida refrescante o cerveza helada.
Pero la estación cambia el 21 de marzo y es domingo, un día que amaneció lluvioso, friolento, luego de una noche que inmisericorde borró de golpe el calor y la belleza de la primavera, arrastrando un día más el invierno que este año tuvo un frío más necio y más intenso.
Mi travesía es de más de 20 kilómetros. La carretera es un larguísimo cementerio de cadáveres de hojas secas o amarillentas, de ramitas quebradas, y de una terrible soledad extraña e inaguantable para ser domingo.
La feria de vehículos que van o que vienen de Villahermosa ahora se ha convertido en un velorio. A lo lejos un auto que viene lentamente, sin el ímpetu característico de los choferes del trópico que parecen querer reventar los motores. Casi nadie rebasa, ni a los 60 kilómetros por hora que traigo.
Gris, todo es gris, es un día de arena, día hueco, de madera podrida. De las casas no estalla el ruido de las cumbias, o la música electrónica que rompen el cerco, penetran el asfalto e invaden el interior de los autos, piezas que nada dicen pero que electrizan a la juventud por su ritmo contagioso.
Tampoco están las mesitas en los patios donde la gente acostumbra los domingos salir a comer, platicar y alegrarse con embriagantes mientras juegan dominó, barajas o lotería.
Pareciera que me deslizo sobre un paisaje onírico. Los restaurantes vacíos, como restos de una estampida mortal, o como esperando a los comensales que ya no tuvieron tiempo de llegar a comer mojarras, o el clásico pejelagarto asado.
De la radio dos ancianos hablan sobre la tradición de Tabasco. Afuera, la primavera sigue retrasada, los macuilises con pocas flores, sólo algunos cocohítes mantienen la belleza con sus flores de gallito rosado-azuloso.
No hay duda, algo está pasando, porque un señor corre de un lado a otro de la carretera como huyendo de algo invisible. De los tantos vendedores de frutas que se acomodan a orillas del camino, sólo dos grupos hay a varios kilómetros de distancia. La gente los tiene cercados, compran como si se prepararan para una epidemia. El letrero dice: 2 kilos de mango, 15 pesos. ¿Sabrán algo que yo no sé y se están abasteciendo para la cuarentena?
Es extraño el silencio, las casas están abiertas pero vacías, como si de pronto, todos hubieran huido; sin transeúntes, con ráfagas de viento que mece los árboles.
Tres chicas, jovencitas como de 13 años, caminan sobre una banqueta, una lleva un pollo en la mano, platican y caminan sin prisa.
Las distancias son cortas cuando no queremos llegar a donde vamos. Y los 60 por hora han devorado los 20 de distancia. Cambio la radio, y escucho una voz aguda, como burlándose, como una broma estúpida en la que de pronto estuviera cayendo, como en un film de suspenso en el que me encontrara inmerso.
“Pasa ligera, la maldita primavera,
pas ligera, me maldice sólo a mii…”
Pienso en el rostro de Yuri, en su pelo rubio. En su rostro blanco. La ciudad también es un cementerio. ¿A dónde fue su ruido y su locura de cucarachas rodantes?
Yuri sigue cantando, me detengo ante algunos semáforos y pienso que aun estando dentro de una realidad onírica, de un film de suspenso, o dentro de un texto literario, no me escapo de trabajar. Pienso que pronto ha de pasar algo malo en este pueblo, como diría Gabriel García Márquez.


Chili
La perla de Janis